Casas de cartón, o pollos que vienen a dormir a su casa, usted elija su ejemplo. La nueva depresión en la actual crisis financiera, que nos ha hecho recordar la crisis de Wall Street del 29 es el fruto de un modelo de deshonestidad por parte de las instituciones financieras, así como de la incompetencia de los responsables de las políticas económicas norteamericanas.
Nos hemos acostumbrado ya a las hipocresías. Los bancos rechazan cualquier sugerencia que pudiera generar regulación, desairan cualquier movimiento hacia medidas que combatan los monopolios, no obstante cuando los problemas acucian, súbitamente demandan la intervención del gobierno: demasiado importantes para dejarlos caer.
Eventualmente, sin embargo, siempre hemos oído cuán grande era el sistema de seguridad del sistema. Y uno de los signos del límite a que se enfrentan la Reserva Federal y el Tesoro de los Estados Unidos al deseo de rescatarlos, se evidencia con el colapso del banco de inversión Lehman Brothers, uno de los nombres más famosos de Wall Street.
La gran cuestión se centra siempre respecto de los riesgos sistémicos: hasta qué punto el colapso de una institución pone en peligro al sistema financiero tomado en su conjunto? Wall Street ha sido siempre veloz para exagerar el riesgo sistémico, como por ejemplo como se actuó en la crisis financiera mexicana de 1994, pero fue renuente a permitir el examen de sus propias operaciones. La semana última, el secretario del tesoro Henri Paulson, juzgó que existía suficiente riesgo sistémico para garantizar el rescate por parte del gobierno a los gigantes de los créditos hipotecarios: Fannie Mae y Freddi Mac, pero no vieron riesgo sistémico en Lehman.
La presente crisis financiera emerge de un colapso catastrófico de confianza. Los bancos apostaron fuertemente entre ellos respecto de los préstamos otorgados y los activos que lo respaldaban. Transacciones complejas se diseñaron para ocultar los riesgos y desmentir el valor descendente de los activos. Y en este juego quedaron por supuesto ganadores y perdedores.
Y no es un juego de suma cero, es un juego de suma negativa: a medida que el público despierta del humo y los espejismos del sistema financiero y se expresan decididamente contrarios a la asunción de riesgos, las pérdidas ocurren, el mercado tomado en su conjunto se derrumba y todo el mundo pierde. Los mercados financieros se basan en la confianza, y esa confianza se ha erosionado. El colapso de Lehman, es finalmente un poderoso símbolo de la caída de confianza, con reverberaciones que seguramente continuarán.
La crisis de confianza se extiende más allá de los bancos en sí mismos. En el contexto global hay un descreimiento en los responsables de las políticas norteamericanas. En la reunión del G8 de julio en Hokkaido, los Estados Unidos aseguraron que las cosas mejorarían finalmente.
Las semanas que transcurrieron no hicieron otra cosa que confirmar la desconfianza global de los expertos gubernamentales.
Entonces, cuán seriamente debería compararse esta crisis con el colapso de 1929? La mayoría de los economistas cree que tenemos suficientes instrumentos monetarios y fiscales, así como inteligencia suficiente para evitar un colapso de esa escala.
Y aun el FMI y la tesorería estadounidense, junto con los bancos centrales y los ministerios de finanzas de muchas otras naciones, son capaces de apoyar esta suerte de políticas de "rescate" que llevaron al colapso de Indonesia en 1998.
Más aún, es difícil tener fe en las políticas que manejaron tan desastrosamente la guerra en Irak y la necesidad de soluciones que requirió el huracán Katrina. Si hay alguna administración que puede volver esta crisis en una verdadera depresión, ésa es la adminsitración Bush.
El sistema financiero norteamericano falló en dos responsabilidades cruciales: el manejo del riesgo y la asignación del capital. El sistema en su conjunto no estuvo haciendo lo que debería haber hecho: por ejemplo creando productos que ayudaran a los norteamericanos a manejar riesgos críticos -como quedándose en sus casas cuando los intereses subían o los precios de los inmuebles bajaban-, y entonces ahora deben enfrentar los cambios necesarios en sus estructuras regulatorias.
Desfortunadamente, mucho de los peores elementos del sistema financiero norteamericano, hipotecas tóxicas y las prácticas que llevaron a ello, fueron exportadas al resto del mundo. Fue hecho todo en nombre de la innovación, y cualquier iniciativa regulatoria fue eliminada bajo el argumento que cualquiera de ella impediría la innovación.
Fueron innovadores, es cierto, pero no en la forma que permitiera que la economía se estructurara más fuerte.
Algunas de las más brillantes mentes norteamericanas se hicieron devotas para circunvalar y posponer las regulaciones y los estándares que podían haber dado seguridad al sistema bancario.
Desafortunadamente fueron tan lejos y exitosos en esa tarea, que hoy todos -propietarios, trabajadores, inversores y contribuyentes- están pagando el precio.
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