Hace no mucho tiempo, me encontré con un amigo en el tradicional café de Sarmiento y 25 de Mayo y conversamos sobre las alternativas de las empresas medianas argentinas, que frente al incremento de la demanda, estaban con sus stocks en su nivel mínimo y sus posibilidades de ampliación productiva también en el mismo nivel.
Qué destino implacable de no poder mantener una actividad productiva decididamente estable!
Cuando tuvimos sobre valuación de nuestro peso, las importaciones dejaron al sector productivo mirando desde la ventana como al mismo momento de detener todo su proceso económico los ciudadanos adquirían muy contentos productos y servicios importados.
Hoy, que vivimos con un peso sub-valuado o proclive a la exportación de servicios, el incremento de la demanda sólo genera incrementos de precios frente a la falta de capacidad de aumentar la oferta de servicios.
Qué dilema!, le comenté a mi amigo.
Pero como hemos aprendido que los dilemas es preciso convertirlos en problemas y a éstos encontrarles una respuesta, no me conformé con la mirada perdida en el vacío de mi interlocutor, y una levantada de cejas que más se asemejaba a un: "y a mí qué me importa?" que a una razonable respuesta filosófica.
Como me quedé mirándolo en espera de una reacción humana más que felina, me dijo: " …y, es el problema del financiamiento de la inversión…"
Y se levantó mi amigo, porque a esa hora comenzaban las transacciones en la Bolsa de Comercio, justo cruzando la calle frente a nosotros, dejándome un saludo inusual: "Voy a ganarme unos pesos en la Bolsa y te veo a la salida…".
Me quedé con mi café a medio tomar, pensando que esas empresas, que hoy deben abastecer al mercado con mayores y mejores productos necesitan re-equiparse después de la derrota sufrida en sus activos fijos a manos de los productores extranjeros que nos ganaron el partido abrumadoramente hacia los finales de los ´90.
Evidentemente salir a la cancha con jugadores suplentes y con las camisetas rotas, no nos va a ayudar a ganar el partido ahora.
¿Y cómo recomponer ese capital hoy exhausto, si no tenemos suficiente capital para reinvertir en equipos productivos? Pero, ¿no lo tenemos realmente?, volví a preguntarme.
Una breve recorrida por las estadísticas de las instituciones financieras es suficiente elemento para ver que más allá de crédito para el consumo, los bancos no han hecho mucho por las empresas que necesitan capital de trabajo, ya extinguido bajo el sol en las arenas desérticas de la incomprensión nacional.
Los fondos, que según argumentan visires de la economía se encuentran en cuentas codificadas en el extranjero, parecen no querer volver a afincarse en tierras argentinas. Entonces en esos casos, no le podemos echar la culpa al referee si perdemos el partido otra vez.
Pero por último la Bolsa, ese lugar donde tanta gente se ha hecho millonaria, al mismo tiempo que otros han perdido hasta las esperanzas, podría ser un importante modelo a ser tenido en cuenta.
Estaba en estas cavilaciones cuando se acercó el camarero con ganas de decirme que o bien pedía otro café o bien le dejaba la mesa desocupada, porque ya empezaban a aparecer habituales clientes dispuestos a consumir algún alimento. Afortunadamente en ese preciso momento, otro amigo y reconocido asesor bursátil se sentó en mi mesa con ganas de compartir un café además de un momento de información económica.
Reconocido gurú de las informaciones bursátiles, me preguntó en qué pensaba tan intensamente en ese momento. Y le comenté las reflexiones que acabo de escribir.
Si para Van der Burse, en la ciudad de Brujas (Bélgica) hacia 1646 le sirvió su creatividad para reunir a comerciantes y financistas en su casa para generar pactos tendientes a unir oferta con demanda. Y además tuvo tanto éxito que su apellido sirvió para denominar a esos mercados (bolsa, bourse, borza), no tenía que ser muy improbable que pudiera servirnos para reanimar un cuerpo económico y social desintegrado por la falta de opciones de nuevos o mayores emprendimientos.
Mis reflexiones continuaron con simple análisis: si en el Nasdaq en Estados Unidos cotizan más de 800 empresas, ¿es porque este modelo no es malo, no? Y mi amigo me contestó: "Eso está muy al norte, ¿por qué no bajas un poco al sur, donde la cosa es distinta?"
Bueno, tomemos entonces el Bovespa, en San Pablo, donde cotizan cerca de 600 empresas!, le respondí. "Pero la economía de Brasil es mucho más importante que la nuestra, ese no es un ejemplo más al sur", me rebatió mi amigo con voz ronca y profunda como cantando la letra de un tango.
Entonces pensemos en la Bolsa de Santiago de Chile, con casi 300 empresas que cotizan y aquí no llegamos a 80, le dije, y no me digas que vaya más al sur, porque me caigo en la Antártida, continué con la misma voz de tango que había usado mi interlocutor.
Y allí se produjo un silencio. Habíamos terminado nuestro segundo café y me miró con sorna, y guiñándome un ojo, como Carlos Gardel, se levantó y me susurró lentamente como si estuviera dando información reservada: "Es que no les cierra la ecuación a las empresas para venir a la Bolsa…"
Y se fue dejándome sumido en cavilaciones, que me hicieron analizar el tema con expertos no tan gurúes como mis anteriores amigos pero con quienes pudiéramos debatir seriamente esta problemática tan incoherente.
Si existe liquidez, como muchos proclaman, que buscan posibilidades de inversión en negocios rentables que posibiliten mejor rendimiento que el que dan los bancos, el lugar indicado es la bolsa. Y si existen empresas que requieren capital de trabajo o para inversiones de más largo plazo, más aún, el lugar debe ser la bolsa.
Entonces Van der Bourse tenía razón, me dije como reconociendo la presencia de la piedra filosofal. Ese es el lugar donde oferta y demanda deben reunirse. Y entonces, ¿por qué no hay un mercado mayor de empresas medianas que acudan a esa fuente de recursos financieros?
Qué es esto de que no les cierra la ecuación económica a las empresas?
Si por cinco millones de pesos argentinos, en un banco deben pagar tasas de interés que oscilan en el rango del 20% anual, y en la bolsa, ese mismo dinero no tiene costo?
Pero tiene costo. Es el costo de la transparencia, de la legitimidad y del pago de impuestos. Cuando nuestros mercaderes eligen las sociedades anónimas como instrumento legal para sus emprendimientos, muchos creen que lo de anónima es porque nadie sabrá de quien es, cuánto gana ni cuánto retira.
Pero no es así. Transparencia es abrir las puertas de la empresa para que los posibles inversores puedan conocer qué pasa. Porque cuando se sabe lo que pasa, se puede saber qué hacer. Asumir esa actitud es invitar a los inversores a compartir un sueño que se convirtió en empresa, un juego de escenarios posibles en un mercado real que demanda, una creatividad en una innovación.
Y toda innovación tiene inversores dispuestos a asumir un riesgo y sumarse a una epopeya que los puede tornar en un Bill Gates, en un Steve Jobs, o en Luis Pagani (para hablar de exitosos hombres de negocios vernáculos).
Y para eso, es necesario solamente poner los papeles en orden y sumarse a la pléyade de emprendedores que piensan que un negocio es bueno, no porque dejan de pagar impuestos, o se tercerizan trabajos en personal no declarado, sino porque la filosofía del emprendimiento es saludable, su modelo de negocios armado a partir de ella es orgánicamente coherente y sus reglas de acción se compadecen de las necesidades del mercado, de sus empleados y de sus proveedores.
Es más atractivo hablar de responsabilidad social empresaria que actuar conforme a principios de respeto ciudadano. Esa responsabilidad no se asume con frondosos párrafos en las memorias anuales de las empresas, o en organizar foros de discusión sobre lo que es preciso hacer para mejorar el nivel de salud de los carenciados, u organizar fundaciones para exhibir cuadros de ignotos plásticos locales.
Responsabilidad es como decía mi profesor de latín, una forma de "respondere", accionar frente a las cuestiones sobre las cuales podemos dar respuesta. Y una forma de responder es transparentar nuestra actividad.
Allí entendí porqué la ecuación económica no cierra a ciertos emprendimientos.
Porque para tener un diagnóstico serio de alguna dolencia que nos afecta a nuestro organismo es preciso ir al médico y desvestirse.
Pero hay muchos que prefieren quejarse de algún dolor, pero no sacarse la ropa. Y otros que prefieren clamar a los gobiernos por subsidios o regalías en vez de intentar generar nuevas fuentes de recursos genuinas a bajo costo.
¿Quizás será porque la ropa esta sucia, o rota?
Si cambiamos el muro de contención en el que se vive, el barrio cerrado, el country, o el automóvil blindado por un cristal, que nos legitime como opción en el mercado, la vida será mejor y podremos ir a la bolsa.
Entonces que el viejo ejemplo de nuestros cuentos de niñez, donde nos asustábamos cuando el héroe de nuestras novelas se encontraba a la vuelta de una esquina, con el perverso del cuento armado con cuchillo y decía: la bolsa o la vida!, podrá cambiarse por una nueva opción: LA BOLSA Y LA VIDA.
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